martes, 9 de julio de 2013

El día de las Madres 母の日 Haha no hi -Claveles rojos y Blancos-

Una vez escuchando una canción de Shiina Ringo, CARNATION (clavel), recordé que esta flor es un obsequio muy popular en el Día de las Madres de mencionado país. Solo saber que un niño japonés lleva un "Clavel Blanco" en ese día, tiene un significado más profundo.


El Día de la Madre en Japón fue inicialmente para conmemorar durante el período
Showa como el cumpleaños de la emperatriz Koujun (madre del emperador Akihito) el 6 de marzo. Así quedó establecido en 1931En 1937, la primera reunión del “Elogio madres” se celebró el 8 de mayo, y en alrededor de 1949 la sociedad japonesa adaptada para celebrar el Día de la Madre el segundo domingo de mayo, al igual que muchos otros países.


Y es precisamente para esta fecha en que los japoneses también rinden homenaje a Amaterasu, que es la Diosa del Sol en el Sintoísmo y que sigue siendo la deidad más importante en Japón y el antepasado de la familia imperial.
El segundo domingo de mayo se festeja en mucha partes del mundo el Día de la Madre.
En Japón, desde varios días antes, es común ver que todas las tiendas se llenan de anuncios que le recuerdan a la gente que se acerca el Haha no hi, y se ofrecen infinidad de posibles regalos para ellas (pañuelos, bolsas, bufandas, carteras, etc.), aunque lo más popular son los claveles rojos, rosas y amarillos, que en estos días suben sus precios de manera increíble alcanzando, incluso, los 3.000 yenes (unos 37 dólares) por ramo.



Las familias acostumbran en este día ir de paseo a parques o plazas y es común que los hijos cocinen algo de comida casera para agradar a sus progenitoras. 

Según el pensar japonés, es una ocasión para que los niños (sobre todo aquellos entre 6 y 14 años) puedan agradecer a sus madres el haberles dado la vida; incluso existen concursos de dibujo para que hagan retratos de ellas y expresarles así sus sentimientos.




La diosa Amaterasu, madre del pueblo japonés.


El Kojiki (registro histórico más antiguo que se conserva), cuenta en su apartado dedicado al nacimiento de los dioses, que Amaterasu (“diosa gloriosa que brilla en el cielo”), nació del ojo izquierdo de Izanagi (uno de los dioses creadores de deidades). Es la Diosa del Sol (símbolo del país) y la encargada de gobernar el Takamagahara (alto llano celestial).


Ha sido considerada la madre del pueblo japonés, debido a que el Kojiki, también la sitúa como antepasado divino de la Casa Imperial. De su nieto Jinmutenno, el primer emperador del archipiélago, son descendientes todos los emperadores del país desde hace 2.600 años.

Además, la bandera japonesa es justamente la representación del sol naciente, símbolo de Amaterasu; y el santuario de Ise, en la prefectura de Mie, que es el más importante y sagrado del sintoísmo en Japón, está dedicado a ella.


El papel de la madre en la familia japonesa.


Antes de la Segunda Guerra Mundial, según refiere Silvia Novelo en su comentario (1996) sobre el artículo El colapso de la ‘madre japonesa’ de la Doctora Ueno, Chizuko: “Lmaternidad biológica era una norma”. Si ocurría el caso de que la mujer no podía tener hijos el marido buscaba una concubina y los descendientes tenían plenos derechos en la familia.

En esa configuración patriarcal, la madre cumplía el papel de amante en combinación con el de encargada del hogar. La esposa de su primogénito (hija política), que por lo general vivía en la misma casa, era su suplente, y aprendía a encargarse de las labores domésticas bajo su supervisión.

Las madres de clase alta, no solían encargarse de los trabajos pesados con sus hijos ya que tenían niñeras. Y a las mujeres de clase baja, que trabajaban en el campo, no les estaba permitido dedicarse a la crianza.

En el periodo Edo, los confucionistas no consideraban adecuado que una mujer se encargara de la educación de los niños, por lo que en el periodo Meiji, (refiere Silvia Novelo en su artículo) el lema: “Una buena esposa y una madre juiciosa”, no era opresivo, sino progresista.

Ya en el siglo XX, después de la guerra, y ante la emergencia nacional de reconstruir el país, los roles en la familia se dividieron claramente, y mientras el marido tenía la misión de obtener el dinero, la mujer se encargaba del hogar y la familia, asumiendo la responsabilidad absoluta de la educación de los hijos.


Actualmente, a las mujeres japonesas y, sobre todo, a las madres, se les atribuye una participación fundamental en el crecimiento de la nación. Se dice que son el "arma secreta", con el que el país consiguió el éxito económico en la segunda mitad del siglo XX.

Hoy en día, los claveles blancos se utilizan para honrar a las madres fallecidas, un niño japonés lo lleva puesto en honor a su madre ese día.



¿Y cómo se dice mamá en japonés?

En japonés existe una distinción cuando se habla de la madre propia y cuando se le habla a esta. Si alguien está contando sobre su madre se referirá a ella como ‘haha’ (con la ‘h’ pronunciada como ‘j’), pero si la está llamando le dirá ‘okaasan’.

Asimismo, es costumbre referirse a la suegra como ‘okaasan’ cuando se quiere transmitir un sentimiento de confianza y compromiso con la pareja.

Como dato curioso se dice que el kanji (ideograma japonés) que se utiliza para “Suki” (la palabra para hablar de cariño, gusto o incluso amor) es la conjunción de los kanji de mujer y de niño, porque 

no existe amor más grande que el de una madre a su hijo”.

Yayoi Kusama "OUTSIDER imagination" - Locura y Obsesión !

Cuando hace dias atrás mi amigo Shintaro me comento que le fascinaba el arte, y específicamente una persona en particular, justamente pensé -¿Quién podrá ser?- , su respuesta fue Yayoi Kusama, una anciana de 84 años recluida en un psiquiátrico... 


Yayoi Kusama (草間彌生 o 草間弥生 nacida en Matsumoto, Prefectura de Nagano en 1928) es una artista contemporánea japonesa.
En 1957 abandonó Japón para vivir en los Estados Unidos donde participó indirectamente y a su manera en la Psicodelia y el arte pop. Cansada mentalmente, regresa a Japón de manera definitiva en 1973, donde vive desde su regreso, en un hospital psiquiátrico.
En 2002 participó en la exposición Sunday Afternoon para la galería 303 en Nueva York, EUA y curada por Patricia Martín. Fue una selección de obras para destacar cómo la minimización de los medios y los gestos a través de la repetición puede producir obras de extrema densidad visual, física y conceptual.
Ha recibido numerosas distinciones, tanto en Japón como en el extranjero: la Orden de las Artes y Letras francesa en 2003; el Praemium Imperiale japonés en 2006, dentro de la categoría de pintura.
Ha adquirido celebridad por sus instalaciones con espejos, globos rojos, juguetes, en medio de los cuales se ponía ella misma en escena. Sus obras recientes son ingenuas pinturas sobre cartón.


Yayoi Kusama es la artista viva más importante de Japón y una de las más famosas e influyentes del mundo. Cuando se instaló en Estados Unidos, a mediados de los años ’50, aplacó sus obsesiones y alucinaciones con arte: creó la famosa serie Infinity Net, obras que se caracterizan por la repetición de pequeñas comillas que se acumulan. 

Más tarde, y con la misma marcada obsesión, vendrían los lunares y su reproducción infinita. Cuando el artista y teórico Donald Judd vio su obra, la consideró el puente perfecto entre el expresionismo abstracto, el minimalismo y el pop. Pronto, también, llegarían las lecturas feministas de su obra. Dejó Manhattan, en 1975, tan famosa como Warhol, pero la vuelta a Japón la desestabilizó y en 1977, voluntariamente, ingresó a un hospital psiquiátrico

Allí vive hoy: tiene 84 años y sigue produciendo en el taller que instaló en la clínica. El trabajo precursor de Kusama se verá por primera vez en el Malba, en una retrospectiva de más de cien obras creadas entre 1949 y 2013, que incluye pinturas, trabajos en papel, esculturas, vídeos e instalaciones. Un recorrido cósmico y alucinado, impactante en su belleza y de una desesperación extrañamente colorida.

En 1945, unos meses después de terminada la Segunda Guerra, una joven japonesa del pueblo de Matsumoto se topa en una librería de usados con un libro sobre la pintora norteamericana Georgia O’Keeffe

Un océano y un desierto las separan, pero esa noche, mientras estudia las extrañas pinturas de flores en ese libro que se ha llevado prestado dentro de su kimono azul, la japonesita siente un tirón inconfundible. Viaja seis horas hasta Tokio, se dirige a la embajada norteamericana, pide el Quién es Quién en Norteamérica, con mano temblorosa llega hasta la letra O, copia la dirección en un sobre y mete dentro una carta que dice: 

“Señora O’Keeffe, quiero viajar a los Estados Unidos y me gustaría que fuera usted quien me enseñara el camino del artista. Adjunto mis acuarelas. Sinceramente suya, Yayoi Kusama”.


La respuesta de O’Keeffe fue breve: 

“Es muy difícil sobrevivir como artista en este país. Me sorprende que tenga tanta ambición como para querer intentarlo. Le deseo lo mejor”

No era alentadora. Pero había dejado la puerta lo suficientemente abierta. Yayoi tardó años en convencer a su acaudalada familia de que la dejaran viajar; en realidad nunca los convenció, pero tanto les comió el coco que entendieron que era mejor tenerla lejos. 

Todo ese tiempo había estudiado en la Escuela de Artes y Oficios de Kyoto. Estudiar era una forma de decir: rara vez iba a clases porque según ella los profesores vivían en el pasado, el único lugar que a Yayoi no le interesaba visitar.


Para cuando llegó a Seattle, en 1957, tenía veintiocho años. Llevaba la mitad de los dólares cosidos al dobladillo de su vestido y la otra mitad enrollada en las puntas de los zapatos. En el bolsillo de su tapado guardaba la carta de O’Keeffe y un block con dibujos. Cada vez que conocía a alguien de interés, arrancaba un dibujo y se lo daba como tarjeta de presentación. 

En Seattle, Mark Tobey vivía pintando sus “escrituras blancas”, unos cuadros místicos producto de sus incursiones en el budismo. Kusama comprendió que o tenía la paciencia de un monje zen, o seguía el viaje a Nueva York.
Al llegar a Manhattan se aferró a la guía telefónica como a una biblia. Había más de cien galerías de arte y llamó a todas para presentarse. Se volvió una artista del network. “Si íbamos a una muestra, me agarraba de la manga y me pedía que le señalara a los peces gordos”, contó Carolee Schneemann. Durante esos meses apenas tenía qué comer. 

Una cena podía ser un puñado de castañas calientes, la cabeza de un pescado encontrada en la basura o las hojas de lechugas descartadas por los cocineros

Se inscribió en una escuela de arte, porque era una de las exigencias para extender su visa, pero nunca asistió a clase. Se pasaba el día en el MoMA, parada frente a los Grandes Maestros Modernos, intentando resolver el problema matemáticamente: ¿qué los hacía trascender?


“El expresionismo abstracto y machista seguía reinando, aunque Pollock ya estaba muerto. Yo quería hacer algo diferente. Pintaba monocromos de la mañana a la noche. No era una minimalista, como dijeron después; era una obsesiva.” 

Sin darse cuenta llenó todas las telas de su taller con una maraña de pequeñas comillas. Infinity Nets las llamó. Imagínensela cubriendo, día tras día, una tela tras otra, una coma tras otra, sin descanso. “¿Estás bien?”, le preguntaban los vecinos. No demasiado. Al terminar de pintar la tela, Kusama sentía la compulsión de seguir pintando: la mesa, la silla, el techo. Una mañana, al despertarse, vio que las comillas habían cubierto la ventana. Al tocar el vidrio, se le subieron por el brazo. Una ambulancia se la llevó al Hospital Bellevue. Los episodios se volvieron semanales, al punto que los enfermeros la veían entrar y decían: “¿Otra vez?”.

Sí, otra vez, pensaba Yayoi, para quien las alucinaciones no eran nuevas. Habían comenzado a los doce años una vez que, para refugiarse de los gritos de su madre, se había escondido en un campo de zinnias del enorme vivero familiar. Cuando levantó la cabeza, una zinnia le habló. Y luego otra y otra, hasta que sus voces eran miles y todas le hablaban al unísono a la pequeña Yayoi, que corrió de vuelta a la casa y se encerró a dibujar, tratando de entender lo que le pasaba. “Mi pintura nació de esa desesperación”, diría años después.

Sus acuarelas de esa primera época son formas abstractas que recuerdan células, moléculas, nudos, planetas y raíces. Parte alucinación, parte Miró y Ernst, parte mirar las piedras blancas que brillaban en el lecho del río detrás de aquella casa de la que Yayoi no podía escapar ni siquiera cuando su madre la mandaba a Tokio (porque la mandaba a espiar a su padre con una geisha a quien había redimido de su contrato: Yayoi creció odiando el sexo, pero a la vez fascinada con el voyeurismo). De regreso en la casa familiar, su madre desparramaba sobre la mesa de la cocina las fotografías de posibles candidatos ricos para que Yayoi y su hermana eligieran. “Cuando me negué a elegir, se puso tan furiosa que destruyó mis dibujos.”

No se fue de Japón; huyó. Y en Nueva York, las pequeñas acuarelas abstractas dieron paso a aquellos cuadros blancos, grandes como los de los expresionistas, pero hechos de comillas obsesivas como ondulaciones mínimas de agua o encaje. Tan intensas como un Pollock bajo opiáceos. “Siento que me transporta una cinta de equipaje”, decía ella, que no podía detenerse. 

Cuando las exhibió en 1959 en la Brata Gallery fueron un éxito. Apenas verlas, Donald Judd entendió que algo nuevo estaba surgiendo, algo que oscilaba entre la expresión profunda (Pollock: “Todo gran artista es lo que pinta”) y la repetición mecánica (Warhol: “Quiero pintar como una máquina”). Serían el puente perfecto entre el expresionismo abstracto, el minimalismo y el pop. Pero a Kusama no le interesaban los ismos; lo que le preocupaba era su visa a punto de expirar. No sólo su visa norteamericana sino su visa en el mundo de los sanos.

Trataba de que las alucinaciones la encontraran trabajando. Una amiga le recomendó un terapeuta. Pero a Yayoi no le gustaba mirar al pasado. 

El psicoanálisis me secaba, me consumía la energía creativa. El miedo era mi material artístico.” 

Hacia 1961, las comillas que Kusama pintaba obsesivamente cobraron volumen: devinieron formas fálicas, rellenas en guata. Penes blancos que crecían como hongos en todas las superficies de la habitación: zapatos, estantes, sillas, hasta en un bote a remos

Mi madre me había enseñado a temer al sexo; como resultado, yo creaba objetos que me aterraban.” 

Formas fantasmales cargadas, según los críticos, de un feminismo amargo e irónico. Fueran lo que fueren, sólo al recostarse entres sus penes Yayoi sentía cierta calma. Era su forma de desaparecer.

En cambio, esa obra la colocó en el centro de la escena. Las fotos hicieron el resto: al comienzo pareció un juego, luego una estrategia, luego una compulsión. Cada vez que terminaba una obra, Kusama organizaba una sesión de fotos donde posaba en el centro de su producción. Alguien dijo: “Ey, ella completa la obra”, y la mirada hierática de Kusama se volvió una marca registrada

Pero ninguno de los artistas pop la reconoció como inspiración. El mito cuenta que en 1962, en una muestra grupal en la Green Gallery que fue clave para el pop, Kusama mostró su sillón cubierto de formas fálicas blandas. Otro de los artistas expositores era Claes Oldenburg, que exhibió un traje en yeso. Seis meses después, Oldenburg hizo una muestra de “esculturas blandas”, ésas que se volverían su marca de fábrica. Durante aquella muestra, Patty, la mujer de Oldenburg, se le acercó a Kusama y le dijo: “Ay, Yayoi, perdónanos”. En 1963, Kusama empapeló la G. Stein Gallery con la foto de un bote repitiéndose en serie. Apenas verlo, Warhol largó su célebre: “Wow wow wow”; tres años después, en su muestra en Leo Castelli, empapelaba con vacas rosas las paredes de la galería. “Todos imitaban mi enfermedad”, dijo Kusama.

Había uno que no la copiaba; uno que, como ella, era un marciano. Era el legendario ermitaño Joseph Cornell. El célibe sesentón vivía en una casa en Long Island repleta de sus famosas cajas con semillas, fotos, piedras y plumas que el mundo del arte moría por comprar, pero que él no vendía. Su madre vivía con él, una anciana temible, que le había enseñado que las mujeres eran la peste: si encontraba a la pareja abrazándose, les tiraba agua helada para separarlos; si Yayoi se secaba las manos en una toalla, la anciana la ponía a hervir en la cocina. Se preocupaba en vano. 

Éramos una pareja ideal. Yo odiaba el sexo, él era impotente”, confesaría después Kusama.

Cuando volvía de aquellas incursiones a Long Island, la blancura de su departamento atormentaba a Yayoi. Más o menos por esa época empieza a ver en todas partes lunares de colores. Al principio intenta espantarlos con la mano, pero la avalancha de puntos amenaza con tragarla. 

En lugar de mirar hacia otro lado, ella pinta la imagen exacta de su miedo: “Buscaba borrar el mundo y, en el proceso, borrarme a mí misma”. 



Es probable que Kusama no tomara LSD, ya tenía suficiente con sus propias alucinaciones, pero todos sus amigos lo hacían. Las tabletas azucaradas circulaban como monedas de diez centavos. Cuando Kusama encierra sus lunares en salas de espejos, esas instalaciones se convierten en el parque de diversiones predilecto de una generación que, como la describió la bailarina Yvonne Rainer, “tenía una voluntad temeraria por probarlo todo”.

Mientras el movimiento hippie y las protestas contra Vietnam llegaban a la primera plana de los diarios, Yayoi dejó la seguridad de su taller y salió a la calle. Frente a las puertas de la catedral de San Patricio reunió a su corte de efebos (como Warhol, era una abeja reina), los hizo desnudar, quemar banderas norteamericanas y pintarse lunares unos a otros hasta culminar en una orgía. Repitió sus bacanales en Wall Street, Central Park, la Estatua de la Libertad y el MoMA

Kusama no participaba en ellas, sólo las dirigía, y después salía en la tapa de los diarios. Había pasado de un arte privado, y entre cuatro paredes, a un arte político y social. Fue la única época en que se la vio sonreír en las fotos. Pero, en términos artísticos, fue también su momento más bajo (cuanto más se apartó del arte como terapia, menos interesante fue el resultado). 

Abrió la Kusama Fashion Company, que diseñaba vestidos con lunares y agujeros para poder tener sexo sin desvestirse. Abrió el Nude Studio, donde el cliente pagaba quince dólares por pintarle lunares a un modelo desnudo. Abrió la Kusama Orgy, una compañía que organizaba partusas en casas privadas. Y de golpe, el verano del amor se volvió un dulce recuerdo, los lunares cayeron en desuso y la señorita Kusama se borró del mapa: volvió a Japón.

Al dejar Manhattan, en 1975, Yayoi era una figura tan famosa como Warhol o Jackie Onassis; cuando llegó a Tokio, pensó que podría usar la prensa como lo venía haciendo, pero los diarios la condenaron unánimemente como “desgracia nacional”. Para una sociedad colectiva como el Japón, querer resaltar individualmente era un pecado imperdonable. Su madre le escribió: 

Si sólo hubieras muerto cuando caíste enferma en el campo de zinnias…”. 

El Japón que Yayoi recordaba ya no existía; ahora era una superpotencia económica, inhumana. Buscó refugio en su pueblo natal. Pero el río detrás de su casa era un pantano, las piedras blancas se habían vuelto negras y un muro de concreto intentaba en vano proteger el vivero de las fábricas circundantes. Ingresó en una clínica psiquiátrica en 1977.

Los calígrafos chinos solían cambiar su nombre a mitad de su carrera para poder así comenzar de nuevo. Yayoi Kusama conservó su nombre, pero su espíritu buscó nuevas formas. En la clínica, las visiones retornaron en pequeños collages que, con los años, también cobraron volumen: esta vez, flores y frutas de colores chillones en fibra de vidrio, capullos siniestros, zapallos kitsch

Así como Bodhidharma se pasó nueve años mirando una pared en su cueva, yo me pasé un mes frente a un zapallo. Me gustaba tanto que odiaba tener que irme a dormir” Y, entonces, a los sesenta y cuatro años, Yayoi protagonizó su renacimiento.



Cuando el Japón le concedió el pabellón entero en la Bienal de Venecia de 1993, Kusama tenía tal cantidad de obra que no entraba en el container. Sólo unos meses antes, una asistente de la galería Paula Cooper había encontrado uno de sus sillones-esculturas-pene en una tienda de la calle 12 de Nueva York; regateó hasta llevárselo por doscientos dólares. Después de aquella Bienal, Kusama se convirtió en la artista mujer mejor cotizada del mercado: hace poco, uno de sus Infinity Nets se vendió en 5 millones de dólares.

En el mundo del arte se llama outsider art al arte hecho por los locos. Por eso se dice que Yayoi es el eslabón perdido entre el outsider y el insider art. Aunque ella sostiene que lo suyo es sólo producto de su enfermedad, la forma en que trabaja sus alucinaciones a través de un aparente descontrol es una estrategia muy calculada. 

Ningún outsider ha sido cooptado por el mundo del arte como Kusama; ninguno ha respondido con mayor eficacia a esa demanda. Dentro del predio de la clínica se construyó un taller que es como una fábrica. Desde ahí escribe novelas, crea sus enormes pinturas en acrílico y diseña hasta celulares. Es la única paciente que paga su internación con lo que produce ahí dentro.


Cuando caminen a través de sus obras, traten de escuchar cómo conversan esas visiones. Cuchichean entre ellas desde 1950. Una sintaxis las hilvana: repetición, disolución, acumulación. 

Es algo que recién a sus ochenta y cuatro años, con el arco de su obra casi completo, se puede ver. Cuando la reina lunática recibe visitas, se pone una peluca roja, lápiz labial rojo y un kimono con círculos blancos y negros. Sigue sin sonreír, pero también sigue siendo lo que en Japón llaman yokubo no katameri: una montaña de deseos

El tiempo finalmente me está dando su visto bueno”, dice desde las escaleras de la clínica. 


“Pero eso apenas me importa. Yo estoy en otra cosa. Yo me precipito hacia el futuro.”

Pueden visitar su sitio web si es de su interés personal, disponible tanto en inglés como en japonés:

http://www.yayoi-kusama.jp

lunes, 8 de julio de 2013

Me vendes tu BURUSERA!

Luego de darme cuenta que algunos de mis calzoncillos me quedaban apretados (es muy molestoso en realidad), decidí compensarme con unos nuevos!, pero algo me hizo recordar este simpático, extravagante y erótico tema inusual, cayendo en lo raro de la cultura nipona!, el Burusera ブルセラ.

Burusera es un tipo de tienda en Japón en donde las mujeres jóvenes venden sus bragas usadas. "Buru" de "bloomers" (buruma-s en japonenglish) significa bragas,pantaletascalzones y "sera" significa "seller" (vendedor en ingles) . En estas tiendas también se vende otro tipo de ropa, como uniformes escolares, chaquetas escolares, trajes de baño escolares, etc. Estas prendas de vestir comúnmente vienen acompañadas por una fotografía auténtica de las chicas llevándola puesta. Los clientes son usualmente hombres japoneses que huelen o experimentan de algún otro modo con las bragas para obtener estimulación sexual como un tipo de fetichismo. En el pasado existían máquinas de venta que expedían paquetes de bragas usadas.


Namasera (ナマセラ) es una variante de Burusera. "Nama" significa fresco. El concepto es el mismo que las burusera, pero los artículos aun siguen siendo usados por la mujer, que después se los quita y se los entrega directamente al comprador en el punto de venta.
El precio de un par de bragas puede rondar entre los 5.000-10.000 yen (entre 40 y 90 dólares). Muchas estudiantes que no han cumplido la mayoría de edad participan en la venta de sus bragas, ya sea mediante las tiendas burusera o utilizando lugares de teléfonos móviles para vender directamente a los clientes. 

En el 2004 muchas mujeres menores de edad (llamadas kagaseya) se vieron obligadas a abandonar la práctica por razones legales y tuvieron que dejar que sus clientes olieran entre sus piernas mientras llevaban las bragas puestas. 

Otras decidieron dejar sus bragas para ser vendidas junto a una fotografía de ellas mostrándolas puestas.

El fetiche de las bragas no es único de Japón, pero es el único país en donde se ha institucionalizado a tal grado.

-Si este tipo de negocio funcionara en los demás países ellas serian millonarias, y nosotros también, porque no!-

¿Te han llamado Enjo Kousai? "援助交際" ! -Prostitución LEGAL infantil Japonesa.

Una vez navegando por internet, buscando cosas raras sobre música japonesa encontré este término, uno de entre los miles de términos raros y difíciles de recordar del mundo Nippon. "Enjo Kousai", en ese momento me dije ¿qué será esto?, pensé! -debe ser otra moda psicodélica japonesa seguida por la sociedad juvenil actual de dicho país. -

Mire el monitor tres minutos haciéndome a la idea de que podría ser, mi cerebro no reacciono como esperaba, así que decidí indagar por internet, y me he llevado una "sorpresita", logre sonreír luego de mantener los labios apretados por no saber su significado, no tenia nada que ver con anime, o con alguna moda, ni mucho menos con la música. 

Enjo Kousai "援助交際" = "asistencia-compañía", pensé! -Oh! debe ser un tipo de juego de citas-, creo que acerte de cierta forma, pero no exactamente. Realmente se puede interpretar como "citas asistidas" o "citas por compensación". Es una práctica social en Japón, donde hombres mayores pagan a mujeres adolescentes o jóvenes de escuela superior (bachillerato), por su compañía en citas o bien para sus servicios sexuales.



Para el año 2000, se estimaba que existían al menos 63,8 millones de usuarios de teléfonos celulares. La Asociación Japonesa de Internet, una organización no gubernamental, reportó que alrededor de una de cada tres jovencitas en edad escolar tenía un celular con el cual podía acceder al internet.

Los contactos empiezan a través de "chat rooms"(salas de chat) o por un "telekura" (clubes telefónicos anónimos), las citas generalmente se conciertan a través del teléfono celular o a través del correo electrónico del teléfono celular. Las chicas llaman a un número gratuito que se anuncia en los alrededores de las escuelas y hablan con hombres, que son los que pagan la llamada. Los propietarios de los teléfonos, que según todos los indicios tienen relación directa con la "yakuza" (la mafia japonesa), alegan que solamente "facilitan" las citas y que no ejercen proxenetismo ni alientan a la prostitución, ilegal en Japón desde 1958.

Otras chicas simplemente dejan su número de teléfono celular o de buscapersonas o 'poke beru', en las cabinas telefónicas o cualquier lugar donde puedan ser encontra por clientes potenciales, de la misma forma que se encuentran cientos de carteles de 'hot lines'.


"Una vez concertada la cita, la pareja queda en encontrarse en cierto punto, en donde el hombre lleva a la chica a un paseo en algún local de moda, en donde se toman unos refrescos".


También es frecuente encontrar en los bares, chicas en sus "sērā fuku" (uniforme de marinero) el típico uniforme del colegio de las chicas japonesas, (ejemplo: personajes de la serie de anime "Sailor Moon") los fines de semana y obviamente, fuera del horario de clases. Es bien conocido que a los varones japoneses o incluso extranjeros, les atrae este "fetiche". 


Después de cenar, si es el deseo y voluntad de la chica, (ya que el 'enjo kosai' puede o no involucrar sexo) se acude a un (hotel del amor,ラブホテル), que se refiere a los hoteles que alquilan habitaciones por horas para encuentros sexuales.

El precio que el hombre paga por la cita, varia de entre los 20.000 y 40.000 Yenes (180 a 360 dólares americanos) sin incluir la cena, el paseo y hotel.

La prostitución es ilegal en Japón desde los años cincuenta, aunque la definición de prostitución como tal sólo contempla el contacto de genitales. A pesar de que existen leyes acerca de prostitución de menores desde 1990, la práctica del Enjo kōsai no ha sido regulada y no cae en ninguna de las definiciones legales de prostitución a menos que el cliente expresamente pague por tener relaciones sexuales con la muchacha, lo cual es raro debido a la naturaleza de los encuentros.

La edad en Japón para que una mujer pueda tener relaciones sexuales consentidas, dependiendo de la provincia, varía de entre 13 y 18 años de edad, por tal motivo, a ningún hombre que se valga de este tipo de práctica, no se le puede acusar penalmente de estupro o violación de menores.

Analistas, la mayoría de procedencia extranjera, señalan que el porcentaje de jóvenes y adolescentes que se dedican a esta práctica oscila entre el 8% y el 15%. El rango de edades de las chicas que acostumbran esta práctica varía de entre los 12 y los 20 años, con por lo menos una cita de este tipo con algún hombre mayor.

El fin de las chicas es conseguir dinero para comprarse ropa o bolsos de marca o simplemente para la diversión de fin de semana. Esta práctica está muy relacionada, con la subcultura "Kogal" japonesa (Yankee girls), una mezcla del estilo de vida japonés urbano con la moda y estilo americano. Para las chicas japonesas, como de muchas otras culturas, el rechazo social es intolerante, pero a diferencia de las demás, las chicas japonesas están dispuestas a hacer este sacrificio, aunque casi ninguna lo ve como tal.



En efecto, las chicas que se dedican a este tipo de prostitución no parecen experimentar ningún sentimiento de culpa. Los argumentos para justificar su conducta se sostienen en la forma tan permisiva en que se ve el sexo en Japón, en los problemas de personalidad y la mezcla de valores que ha sufrido la sociedad japonesa. El hecho claro es que la relación se mantiene de forma voluntaria (no por extrema necesidad o por fuerza mayor) y con normas bien definidas entre el cliente y la chica. Ésta gana una suma razonable de dinero, y el hombre satisface sus deseos. Es una relación de compra venta tan normal como cualquier otra, por lo que no parece haber razón para sentirse culpable.

A los legisladores o autoridades en general parece no importarles esta actividad, más bien no quieren reconocer el problema; pero los medios de comunicación se han hecho sentir al respecto. Existen infinidad de "Mangas" y "Animes" (historietas y películas de dibujos animados japonesas) que tocan este tema, bien con toques humorísticos bien con toqueseróticos o hasta pornográficos. 

La polémica ahí está, y aún más, parece estar rebasando fronteras y generando más y más interés en los extranjeros. Aunque, en realidad, pocas jóvenes japonesas aceptan tener este tipo de relación comercial con no-japoneses.